Banca ética o la otra forma de hacer banca

Dentro de poco (a lo largo de este año) comenzará a actuar en España Fiare como un banco ético, bajo la figura jurídica de cooperativa y en relación con la “Banca Popolare Ética”, cooperativa financiera de Italia. Fiare tiene la vocación de crecer y, cuando proceda, actuar como banco ético en los diversos países de la Comunidad Europea. Ofrecer la presencia de un banco ético no es ofrecer una oferta financiera más, de modo que se pueda elegir entre las diversas ofertas existentes y/o Fiare. La banca ética no es una posibilidad similar a las que actúan en el mercado, porque no es un banco más sino otra forma distinta de hacer un banco. La palabra “banco” asocia las diversas formas de hacer, pero esta asociación no significa ni semejanza ni igualdad: la banca ética trata a los clientes y a sus ahorros de forma radicalmente distinta. La decisión personal de incorporarse a la banca ética se sitúa en un plano distinto, tiene que ver con el deseo de transparencia, de respeto a lo que el cliente desea que se haga con su dinero, al compromiso con la economía productiva, el desarrollo local, a la construcción de una sociedad equitativa y cohesionada. Valores que no suelen funcionar en la banca tradicional.

Casi nadie que deposita su dinero en un banco pregunta qué se va a hacer con ese dinero. Se suele preguntar por los intereses que producirá, pero no más. Es curioso, no se exige a la banca los valores que se defienden en la vida. Se puede estar haciendo con nuestros ahorros cosas que en nuestra vida nunca haríamos: especulaciones irresponsables, producción de armas, evasión de impuestos y negocios turbios… etc. El Profesor Juan Torres, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, dice que se “achaca a Henry Ford la frase de que ‘si la gente supiera lo que hacen los bancos con su dinero al día siguiente habría una revolución’. No sé si realmente la frase es suya o no, pero es verdad. ¿Cómo reaccionaría la gente si supiera claramente que con su dinero los bancos evaden impuestos, financian a terroristas, traficantes y explotadores de toda laya?”.

Arcadi Oliveres, profesor de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona, decía en una conferencia – tras unas manifestaciones que se dieron en Cataluña contra la central suministradora de energía porque una tormenta de nieve tiró el tendido eléctrico y dejó a la población varios días sin luz – que era casi seguro que, al menos, el 50% de quienes protestaban tenían su dinero en acciones de esa central eléctrica. La contradicción se agrava si esa manifestación es contra la guerra pudiendo ocurrir que gran parte de los manifestantes tengan su dinero en bancos que invierten en fábricas de armas. Lo que no es raro, Setem tiene un estudio clarificador sobre la inversión de nuestros bancos en armas . El estudio se llama “La banca es la bomba” y se puede ver en su página web.

Lo anterior hace referencia a la opacidad de la banca. Como decía antes, la pregunta de ¿a qué dedican mi dinero? o no se hace o, si se hace, no tiene respuesta. Tenemos una banca que, en ocasiones, vende sus productos con falsedades, como se ha demostrado con las “preferentes”, y sin compasión, pues han llegado a vender incluso abusando del ahorro de personas enfermas (la última noticia es una víctima con Altzheimer) o de pensionistas con escasos ahorros acumulados durante toda su vida laboral. La opacidad se ha convertido en norma reguladora del comportamiento bancario.

En este sentido Juan Torres se pregunta si “¿habrían ocurrido las crisis en el mundo financiero si hubiese transparencia?…Es evidente que no la hay. Entre otras cosas, porque los bancos disponen del poder suficiente como para imponer normas contables y fiscales que les permiten ocultar la situación real de sus negocios, lo que hacen para ganar dinero y el efecto que todo ello tiene en las economías”.

La banca es una de las grandes responsables de la crisis que vivimos, representa el corazón financiero de la sociedad y ha facilitado un hiperconsumo apoyado en el sobreendeudamiento. Actitud reflejada muy bien en ya conocida frase de Will Smith: “Muchas personas gastan dinero que no han ganado, para comprar cosas que no quieren, para impresionar a personas que no les agradan”, o no conocen, añado yo. Las consecuencias de ello han sido una crisis que ha generado demasiados pobres y los ricos han acumulado más de lo que tenían. Las restricciones, paradójicamente, incrementan el dolor del que no tiene y son invisibles para el que tiene. Oscar Wilde decía a finales de 1800 que “recomendar sobriedad al pobre es grotesco e insultante a la vez. Es como decir que coma poco al que se muere de hambre”.

Qué poco hemos avanzado en el sentir colectivo de la sociedad, especialmente en la limpieza de la actividad financiera donde más que avanzar hemos retrocedido. Las malas prácticas bancarias han puesto en peligro el mayor intangible con el que contaban algunas instituciones financieras: la confianza. Las Cajas de Ahorros, que tenían esa confianza, fondo de comercio invalorable, lo han perdido de pronto, se ha esfumado de repente, acompañado de inmorales comportamientos y de enriquecimientos ilícitos de sus gestores con despilfarro incontrolado en sus inversiones. Esta pérdida de las cajas determinado sector de la población lo vive como una frustración. “Me han quitado Caja Madrid”, me decía una persona mayor en un Instituto de Vallecas (Madrid) donde fui a explicar qué es la banca ética, pues sus ahorros los depositaba allí desde que era niño ya que su padre la abrió una cuenta. Las instituciones que actúan en el sector financiero, concretamente los bancos y, más especialmente, las cajas se han distanciado de la sociedad.

Reforzando esta idea, dice A. Tourain que “cuando EE.UU., y especialmente el Presidente y el Secretario del Tesoro, intervinieron para evitar la quiebra de los bancos, las opiniones públicas, estadounidense y europea, no comprendieron cómo el Estado –capaz de movilizar tantos miles de millones de dólares para mantener a flote a los bancos amenazados de quiebra – podía continuar oponiéndose a los aumentos, muy limitados, de los salarios y, sobre todo, descuidando a las víctimas de la crisis, en especial las víctimas de la crisis inmobiliaria. Pero estas intervenciones provocaron una sobreabundancia de dinero en circulación que hoy día hipoteca el futuro de los países que padecieron las consecuencias de la caída del sistema bancario… tales intervenciones, en algunos países europeos, invirtieron las reglas del juego a las que la opinión pública se había habituado. Las infracciones, cometidas por los directivos, fueron poco sancionadas y los mayores “ladrones” pudieron lavar sus culpas con condenas ligeras o meramente simbólicas y quedaron enterradas en los arcanos del sistema fiscal”. Olvida Tourain que en algunos sitios de Europa esas sanciones, aunque sean simbólicas, todavía no han llegado.

La banca ética se basa en la transparencia, eje nuclear que debería dirigir los negocios, especialmente el bancario. Arcadi Oliveres dice que “como cualquier empresa, los bancos tienen la obligación pública de ser transparentes en el impacto que sus actividades tienen en las personas y el medio ambiente… No hay que olvidar que los bancos son actores clave con un gran peso social… Como ciudadanos, ya seamos clientes o no, debemos saber qué están haciendo las entidades financieras y el impacto que sus inversiones tienen en nuestras vidas”.

Un eje importante de la acción bancaria tradicional es dedicar el dinero a actividades especulativas, alejadas de la economía productiva. Vivimos en un mundo desdoblado, donde lo real se confunde con lo irreal y, demasiadas veces, nos hace interpretar lo real desde lo irreal. Hay gente que vive con amigos de Facebook pero ignora a sus vecinos. La economía ha entrado en este desdoblamiento y se ha especializado en mecanismos especulativos elaborando productos opacos. De estos dos aspectos se habla extensamente en el Dossier citado de Economistas sin Fronteras (1).

Es necesario hacer notar la importancia de este desdoblamiento, pues actúa como motor de la crisis que vivimos la hiper-especulación, unida al voraz deseo de enriquecimiento inmediato. Alain Touraine, señala en su libro “Después de la crisis” que “las crisis económicas recientes nacen generalmente de una separación creciente de la economía financiera, que, a menudo, está contaminada por la voluntad de enriquecimiento personal de los dirigentes, y de la economía real, que no es definible al margen de los conflictos sociales y de las intervenciones del Estado”. Por ello, piensa A. Touraine, el que desea un rápido enriquecimiento personal, se desplaza al nivel de la especulación, donde no existen esos conflictos sociales y se pide al Estado la no intervención dejando actuar al mercado. Sucede así, sigue diciendo A. Touraine, que “no solo se separa la economía financiera de la economía real, sino que la vida económica, en su conjunto, se separa de la sociedad, lo que amenaza con destruir las instituciones donde se construyen las normas y los modos de las negociaciones sociales”.

Me atrevo a pensar que este factor corrosivo de la vida social está en el corazón de los desgarros sociales de las hipotecas, los desahucios y sus terribles consecuencias que conducen a situaciones depresivas y, en ya demasiados casos, a suicidios por lo irresistible de la situación. Hay como una pared que impide a los bancos flexibilizar posiciones ante el conflicto social, quedando como los causantes de la crisis y, a la vez, los beneficiados. Lo que genera un profundo rechazo social. La pared refleja una gran distancia con la sociedad.

El político estadounidense Thomas Jefferson (1743-1826) pensaba “que las instituciones bancarias son más peligrosas, para nuestras libertades, que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos, y todas las instituciones que florecerán en torno a los bancos, privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo, sobre la tierra que sus padres conquistaron”.

Hay que reconocer que algo de esto nos recuerda a España.

Joseph E. Stiglitz, en su libro reciente, titulado “El precio de la desigualdad”, señala que “la forma de búsqueda de rentas más atroz –y que se ha perfeccionado muchísimo en los últimos años – ha sido la capacidad de los responsables del sector financiero de aprovecharse de los pobres y de la gente desinformada, ya que han ganado ingentes sumas de dinero depredando a esos grupos con créditos usurarios y prácticas abusivas con las tarjetas de crédito. Puede que cada persona pobre tenga muy poco, pero hay tantos pobres que quitarle un poco a cada uno de ellos supone mucho dinero. Un mínimo sentido de la justicia social – o una mínima preocupación por la eficacia general – debería haber inducido al gobierno a prohibir este tipo de actividades. Al fin y al cabo, se estaba utilizando una considerable cantidad de recursos para trasladar el dinero desde los bolsillos de los pobres a los de los ricos, razón por la cual estamos ante un juego de suma negativa. Pero el gobierno no puso fin a estas actividades, ni siquiera cuando, hacia 2007, resultaba cada vez más evidente lo que estaba ocurriendo. El motivo era obvio. El sector financiero había invertido mucho dinero en hacer lobby y en contribuciones a las campañas electorales, y esas inversiones habían dado sus frutos”.

Krugman, en su libro “Acabad ya con esta crisis”, cuenta que los 25 administradores de los fondos de cobertura mejor pagados en EE.UU. ganaron más que los 80.000 maestros de Nueva York. “Porque los verdaderos beneficios no han ido a parar a trabajadores con estudios universitarios en general, sino a un puñado de personas muy adineradas. Es habitual que un profesor de instituto tenga una licenciatura y, muchos, un post-grado; pero no han vivido, por decirlo suavemente, el tipo de incremento de ingresos que sí han conocido los administradores de fondos de cobertura”. Y no es una anécdota, afirma Krugman, esta acumulación desorbitada de poder económico pues se suele concretar en presiones políticas para que los Gobiernos actúen según sus intereses. Es más, “cuando los especuladores sin escrúpulos han hecho ganar dinero a los inversores, en varios casos importantes no lo hicieron generando valor para la sociedad en su conjunto, sino, al contrario, expropiando, de hecho, valor a otros actores. Donde esto es más obvio es en las malas prácticas bancarias. En la década de 1980, los dueños de las sociedades de ahorro y crédito inmobiliario obtuvieron grandes beneficios asumiendo grandes riesgos; y luego dejaron la factura a los contribuyentes. Y en la década de 2000, los banqueros volvieron a hacer lo mismo: consiguieron fortunas enormes mediante préstamos inmobiliarios inadecuados y luego o bien se los vendieron a inversores incautos, o bien se beneficiaron del rescate gubernamental cuando estalló la crisis… Parte de la explicación puede encontrase en la desregulación financiera”.

En ese mismo libro, Krugman traslada una cita del escritor americano Upton Singlair que dice que “es difícil que un hombre comprenda algo cuando su salario depende de que no lo comprenda”. Lo que apunta a la dificultad de que el cambio venga desde dentro de un sector que se ha mostrado voraz en el enriquecimiento personal de sus directivos y gestores.

Joaquín Estefanía (EL PAÍS, 28.10.12) piensa que “habitualmente, las responsabilidades (de la banca) se han saldado siguiendo un itinerario conocido: 1) cuando son acusados, los bancos amenazan con una batalla jurídica interminable (tienen brigadas de bufetes de abogados trabajando para ellos); 2)se llega a un compromiso y los bancos pagan una multa sin admitir ni negar su responsabilidad; 3)prometen no volver a las andadas, pero nada más prometerlo se dedican a conductas parecidas; 4)una vez más se llevan una regañina y una multa (cuyo coste es reducido en relación con su conducta fraudulenta), y 5) los incentivos perversos permanecen… Los bancos saben que la mayoría de las víctimas de sus desmanes (que son los perjudicados) no tienen los recursos legales suficientes – ni el tiempo – para enfrentarse a la todopoderosa industria financiera sin ayudas… El economista Joseph Stiglitz… dice que una variante de la defensa de los bancos es la máxima caveat emptor, que dice: nadie debería fiarse de nosotros y quienquiera que lo haga es un estúpido”. Es el poder efectivo de las instituciones financieras.

Es necesario replantear los valores en la economía y, especialmente, en el sector financiero y bancario. La política económica ha de estar al servicio de la política social, decía hace años J. Delors, y la racionalidad del mercado ha de tener prioridad sobre la irracionalidad de sus actores, que han arrasado el modelo social. Se trata, como dice Tourain, de volver a tomar en consideración los objetivos no económicos del sistema económico. Lo que solo será posible si es la sociedad la que conforma a la economía y no al revés. Piensa Tourain que “si podemos hablar de la sustitución de los actores sociales por actores morales es en la confianza de que surja una sociedad donde el poder dominante de los financieros esté limitado por el poder de iniciativa de los dirigentes industriales y, a la vez, por aquellos que se oponen a una lógica inhumana de la economía globalizada y por las intervenciones de los Estados, preocupados por frenar la irracionalidad de las maniobras especulativas y el incremento de las desigualdades sociales y el paro”. Un ejemplo de esta tarea de los Gobiernos podría ser la afirmación del Ministro de Finanzas de Chipre: “no aceptaremos en ningún caso pérdidas para los ahorradores”; lo dice en caso de que tengan un rescate, que parece que lo van a tener. Ojalá haga verdad eso que dice y, ojalá, dijera eso mismo nuestro Gobierno.

Es en este espacio reservado a los actores morales donde se sitúa la banca ética. No entra ni trabaja en el esquema donde ha aterrizado el sistema bancario tradicional. Por eso es otra forma de hacer banca. Se apega a la realidad social, provoca desarrollo local y traslada información transparente de lo que se hace con el dinero de los ahorradores, no camina por los senderos de la especulación y aporta ayuda financiera a la construcción de una sociedad más cohesionada y equitativa. Especialmente si, como en Fiare -los socios se organizan en cooperativa- participan en las decisiones nucleares de la empresa mediante las asambleas y se insertan en el territorio a través de su estructura organizativa, basada en circunscripciones territoriales. No cae la banca ética en lo que el poeta latino, Quinto Horacio Flaco, decía: “Consigue dinero ante todo, la virtud vendrá después”.

http://www.economiasolidaria.org/noticias/banca_etica_o_la_otra_forma_de_hacer_banca

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